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7 Agosto 2009

El gigante del siglo XXI

El gigante del siglo XXI
Especiales China inicia el nuevo milenio con la seguridad de convertirse en la nueva superpotencia mundial. Informe de Mauricio Sáenz, enviado especial de SEMANA.

En el mausoleo de Mao Zedong se respira un ambiente de reverencia. Todos los días largas filas de personas visitan el lugar con un recogimiento que raya en lo religioso. En el enorme vestíbulo depositan sus ofrendas florales antes de pasar a la cámara fúnebre, donde el Gran Timonel parece respirar aún dentro de su urna de cristal como si junto con su respiración el tiempo se hubiera detenido el 9 de septiembre de 1976. Pero si el fundador de la Nueva China despertara probablemente no reconocería al país cuya existencia proclamó el primero de octubre de 1949. Lo que le abrumaría en primer lugar sería la enorme cantidad de turistas que abarrotan a su alrededor la plaza de Tiananmen, la más grande del mundo. Y su perplejidad llegaría al extremo cuando se diera cuenta de que la inmensa mayoría está compuesta por chinos. Gentes que, al mejor estilo occidental, recorren la explanada inmensa detrás de la banderita de colores de su guía. Los chinos comienzan a descubrir el discreto encanto de la pequeña burguesía. Y los extranjeros también comienzan a descubrir desde que se bajan del avión que la China de hoy es muy distinta de la que dejó Mao. Aunque la bicicleta sigue siendo el medio de transporte más generalizado su reinado en las calles de Beijing está seriamente comprometido. Miles de automóviles de hechura china y marca occidental (Buick, Volskwagen, Audi, entre otros) circulan por calles y avenidas que envidiarían muchas ciudades del mundo ‘desarrollado' y en gran número son carros de familia. La vestimenta igualitaria, que hasta los años 80 uniformaba de azul y chaqueta ‘Mao' a toda la población y de paso deprimía a los ocasionales visitantes extranjeros, ha sido reemplazada por una moda occidentalizada, si bien generalmente modesta y opaca. En Beijing una bar street llena de sitios nocturnos aglomera en las noches a una juventud que se reúne a oír conjuntos de rock y tomar cerveza mientras, muy a la china, juegan incansables manos de cartas. Hay que admitir que los gustos milenarios no se cambian de la noche a la mañana. Cultos y realidades En una China tan diferente a la concebida por Mao resulta paradójico que la figura del líder comunista siga siendo objeto de culto oficial. Pero la razón es muy clara: las reformas económicas han convertido a China en la mejor apuesta para llenar el cupo de superpotencia dejado vacante por la Unión Soviética pero no han afectado la estructura del poder detentado en forma omnímoda por el Partido Comunista. Al fin y al cabo el gestor del nuevo régimen económico, Deng Xiao Ping, a pesar de haber sido víctima de los excesos de la Revolución Cultural, prefirió dar rienda suelta a los tanques en la plaza Tiananmen para que aplastaran la manifestación de estudiantes de 1989 que permitir el resquebrajamiento del poder. La República Popular China emergió de la Segunda Guerra Mundial y de la victoria de Mao contra Chiang Kai-Shek como un país extremadamente subdesarrollado que enfrentaba el más completo aislamiento, salvo por su aliada natural, la URSS. Después de seguir los dictados del marxismo soviético, en los años 60 el gigante oriental rompió con el oso ruso. La Revolución Cultural, lanzada por Mao, no sólo aisló aún más al país sino que virtualmente lo paralizó entre 1966 y 1976. Esa época terminó con la prisión de su esposa Jian Qing y una camarilla que el propio Mao llamaba la ‘Banda de los cuatro'. Pero Mao era (y sigue siendo) el mayor símbolo de lo que la gente llama la "Nueva China" y por eso fue respetado a pesar de la purga de su entorno. El Gran Timonel murió en 1976 y a los dos años se consolidó como su sucesor Deng Xiao Ping, un veterano camarada de Mao que por su mentalidad más abierta y reformista cayó en desgracia en dos oportunidades durante la Revolución Cultural. Si Mao creó la Nueva China, Deng inició el camino de convertirla en potencia de talla mundial. Su frase "No importa de qué color sea el gato con tal que cace ratones" resumió la nueva actitud ideológica. Su muerte en 1997 fue caracterizada como el fin de una era, pero eso no es totalmente exacto. Por ejemplo, las cuatro herramientas para el manejo de la economía instauradas por Deng siguen en pie: libertad de precios, la motivación del lucro, el aumento de la competencia y la apertura al exterior. Desde que la política de ‘puertas abiertas' fue puesta en marcha en los años 80 la economía china creció a una rata exorbitante de 9,3 por ciento anual entre 1980 y 1995. Ello se logró por dos factores íntimamente relacionados entre sí: la introducción de mecanismos de mercado que permitieran el libre desempeño de actores económicos nacionales y extranjeros y la recepción de inversión extranjera directa, dirigida a las exportaciones. Aunque no se pueden ignorar los desequilibrios estructurales, como los contrastes entre las regiones del rico sureste costero y el empobrecido interior o el desempleo creciente, según estudios del Banco Mundial la economía china podría ser la más grande del mundo hacia 2020 (ver gráfico). Las dificultades La actual dirigencia china sabe que la única manera de que el Partido Comunista se mantenga en el poder es que el nivel de vida de los chinos siga creciendo. Y sabe también que la apuesta económica está echada y que no tiene regreso. El presidente Jiang Zemin, quien es primus inter pares en el liderazgo colectivo, debe su influencia a la bendición personal de Deng, pero ésta irá perdiendo peso a medida que sigan pasando los años y por lo tanto Jiang necesita anotarse puntos que lo liberen de esa dependencia. El premier Zhu Ronghi, el mayor defensor de una apertura aún más amplia, también se la está jugando toda. Pero las dificultades no son de menor cuantía. Aun antes de firmar un acuerdo comercial histórico con Estados Unidos en noviembre pasado los principales problemas que enfrentaba el gobierno chino eran: primero, la disparidad entre el desarrollo de las regiones, con gran ventaja para la costa suroriental frente al interior. Segundo, la gerencia de las empresas de propiedad del Estado, que a pesar de los esfuerzos de reestructuración siguen ineficientes. Y tercero, el desempleo surgido a causa de varios factores combinados, entre ellos la reestructuración de las empresas anteriores. Todos ellos podrían ser agudizados por el acuerdo bilateral firmado con Estados Unidos para la apertura de la economía china al mercado internacional. Según ese convenio Beijing reducirá los aranceles de múltiples productos industriales y aun agrícolas (lo que podría afectar a muchas de sus empresas y golpear al sector agrícola) y levantará las barreras que habían impedido a los bancos y a las compañías de seguros norteamericanos y a las compañías de telecomunicaciones ampliar y profundizar sus operaciones en China. A cambio Estados Unidos acordó apoyar a China en sus aspiraciones de entrar como miembro pleno a la Organización Mundial del Comercio (OMC). Para la dirigencia china la pertenencia a ese organismo es la clave para la entrada masiva de más capital extranjero bancario, el único remedio capaz de resolver problemas estructurales tan graves como la crisis de su sistema financiero, agobiado por un 45 por ciento de deudas de difícil cobro a cargo de miles de empresas estatales. El futuro Pero Jiang y Zhu siguen firmemente convencidos de que levantar las últimas talanqueras a la inversión privada atraerá nuevas inversiones y que la pertenencia a la OMC pone a China en el lugar mundial que le corresponde. En 1998 lanzaron un plan de infraestructura por 24.300 millones de dólares. Y lo cierto es que, a pesar de las dificultades, la tendencia de crecimiento económico iniciada por Deng no parece en camino de cambiar radicalmente. Las dificultades de las empresas estatales no deberían afectar demasiado a la economía si se tiene en cuenta que ya no abarcan más del 40 por ciento del total. Y el solo hecho de tener un mercado potencial de 1.300 millones de personas, el doble de la población de América de Alaska a la Patagonia, hace de China un imán irresistible para las inversiones extranjeras. Todo ello plantea dos preguntas: la primera es, ¿hasta dónde podrá seguir en el poder el Partido Comunista cuando la creciente privatización saque de su control a millones de personas y cuando las inevitables reformas fiscales exijan impuestos y, con ello, mayor representación? Se trata de una pregunta abierta para la que se han intentado muchas respuestas. Una de ellas es inquietante: en China un poder central omnímodo ha sido la determinante para la unidad del país. Según esa tesis, el Partido Comunista tiene la fuerza cohesionadora que en el pasado ejerció el imperio. De ahí el enorme celo del gobierno en reprimir a la político-religiosa secta Falun Gong, cuya enorme difusión se ha convertido en una amenaza al poder del partido (ver recuadro). La segunda es, ¿cómo asumirá China su nuevo papel de superpotencia si éste finalmente se materializa? Jiang ha dejado muy en claro que los chinos identifican crecimiento económico con el recobro de su poder nacional, y lo ha subrayado con un crecimiento importante de su aparato militar, incluida una armada de alta mar capaz de proyectar el poder chino en unos cuantos años bien afuera de sus aguas territoriales. Y hay síntomas que preocupan a los vecinos, como la arrogancia con la que China ha manejado los coqueteos independentistas de Lee Teng-Hui, presidente de Taiwan, sobre todo los del año pasado, y la forma inflexible con que asumió las críticas a sus pruebas nucleares en 1995. Para el sinólogo Guillermo Puyana, China tiene varios temas contenciosos: "La disputa sobre la propiedad de las islas del sur del mar de China, el uso de fuerza militar de Corea del Sur contra la del Norte, la disputa fronteriza con India y, sobre todo, el tema de Taiwan". Sin embargo, muchos analistas coinciden en que la integración china a una economía mundial cada vez más sin fronteras podría llevar a que las aspiraciones nacionales de hegemonía regional pudieran alcanzarse sin que en ello intervengan las fuerzas militares. En otras palabras, resulta mejor negocio atraer, e incluso involucrar las economías florecientes de los vecinos, que atacarlos por las armas. Eso resulta claro al menos en el tema de Taiwan, cuya poderosa economía parece en camino de establecer un importante grado de complementariedad con la continental. Entre tanto los chinos, con su particular sentido del tiempo, continúan su rutina diaria. Los ancianos siguen haciendo en la calle sus ejercicios matutinos, las madres siguen llevando a sus hijos únicos al colegio muy temprano, las bicicletas, cada vez menos numerosas, siguen haciendo malabares increíbles para llevar cargas descomunales. La laboriosidad de los chinos y su enorme número son sus mejores aliados. Por ello China será, a pesar de las dudas que han surgido últimamente, la mayor potencia económica del siglo que comienza. Su nombre en chino es Zhongguo, que, palabras más, palabras menos, significa ‘País del centro del mundo'. Por lo que parece, ese nombre será una verdad literal.

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Soy Cristòbal Reyes Arias profesor de Ciencias sociales, Polìticas y Econòmicas del Colegio Distrital San Cristòbal Sur. Estoy muy motivado en aprender y aportar las tic a compañeros y estudiantes. Quiero con esta página tener una nueva metodologia de trabajo, que permita acercar a mis estudiantes y compañeros en el uso de las tecnologias de la informática y la comunicación para hacer más agradable el trabajo de estudiantes y nosotros los docentes.

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